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Viento infame

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La anécdota podría comenzar por su lado más pueril, acaso por revelar algún detalle mínimo que al obviarlo se haría un acto de justicia. No seré justiciero en estas líneas aunque intentaré ser fiel a los principios del buen gusto –si es que tales principios existen. Isabelino “Chicho” Gómez gozó de cierta gloria en sus años mozos. En un pequeño pueblo de Paraguay –donde nació, creció y jamás abandonó-, este hombre supo encandilar a propios y extraños con sus exquisitos destellos en el arte del balompié. Gran jugador de fútbol, tanto por su habilidad endiablada como por su elegancia al caminar sobre el campo. Los rivales lo admiraban no sin atiborrarlo a patadas violentas y sometiéndolo a otro tipo de severos “cuidados” en su marcaje. Es verdad, el fútbol guaraní no anda con pequeñeces a la hora de atizar piernas enemigas; eso sí, nadie duda de su calidad. Prueba de esto es la existencia de jugadores de la talla de Isabelino que, esquivando golpes y argucias, supo demostrar en las canch...

Malas y buenas miradas

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Esa calza no era la prenda perfecta. Amanda la llevaba con soltura, si te entiende por ésta una forma ágil de mover las caderas. Hablar del color de la ropa no suma ni resta. Es, quizás, detenerse en detalles superfluos. La vida está llena de referencias que podemos obviar sin perdernos nada sustancioso. Sin embargo, hay datos camuflados de silencio, quietitos, asomando apenas la nariz en una mañana de escarcha. Podemos dejarlos pasar y habremos sufrido un despiste menor que no cambiará nuestros destinos, salvo para esas almas caprichosas que no toleran la liviandad del ojo poco perspicaz. Julián nació —y creció— mirando todo. Una desgracia. Cómo evitar descubrir ese rincón de una escena en donde algo no cuadra. Cómo fingir que no se ha visto algo sin una mueca que delate al descubridor. Así pues, Amanda llegó caminando con cierto desparpajo. Julián, parado en la barra del bar vaso en mano, comenzó un sutil examen visual —tan propio de su historia—. Ella movía su cuerpo al son de ...

Amor visceral (o cómo el hombre sufre el sentimiento en su cuerpo)

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Traeré aquí una breve historia que involucra a dos almas en fuga -puede que a una sola. Remontémonos a una noche muy fría, desapacible. El interior de un automóvil cobijando a una pareja de adultos con efervescentes intenciones . Así fue como el caballero que cortejaba a la dama, en ese gélido   habitáculo, tuvo la arriesgada idea de comunicar su amor y perderlo. Todo en un mismo acto de repentino desborde. Tan entregado estaba el hombre a su tarea, que no midió esfuerzos de ninguna naturaleza, abocado pues a una empresa que se le antojaba irrenunciable. La dama, en tanto, absorbía incrédula las mieles de un romanticismo extremo . Su ser era abrasado por un fuego incontenible que manaba de ese muchacho alocado y elevado a los altares de la lujuria. Y el hombre supo que el amor se termina, incluso antes de que haya comenzado. En el momento en que declaraba su pasión, en ese preciso instante fatídico, comprendió que lo mejor era huir, dejar ese incómodo lugar de la vergüenza. ...

Hálito en la madrugada

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La noche perfecta puede ser aquella en que el alma de un hombre es ungida por la pura belleza de la compañía de una dama. Esto pensó el incauto joven que protagoniza las siguientes líneas. Arrojado al encanto de la noche y de la conquista, el muchacho, no sin esfuerzo, logró dar con el paradero de una beldad que no tardó en responderle. Las luces enceguecedoras, la música a volumen casi insoportable, las dosis adecuadas de bebidas tonificantes , eran pues el marco que cobijaba a ambos, en un recinto apto para cualquier menester, menos para entablar un diálogo coherente. Danzaron, rieron, cruzaron sugestivas miradas, lanzaron palabras sin sentido. Sin embargo, una distancia prudencial mantenía a los cuerpos no muy próximos. Incluso más, cuando la mujer decidió la vuelta al hogar, él sólo atinó maquinalmente a acompañarla, a su lado, sin siquiera tomarle la mano. Como no hubo resistencia alguna, supuso que el camino hacia la gloria estaba allanado. Los inconvenientes de la ausenci...

Mejor, nunca hablar de belleza

Se miraron escondiendo la verdad. Esos malvados pensamientos vienen de repente, sin más, como esas brisas molestas en la playa. Llegan, te llenan de arena el sándwich, mirás al resto de los humanos en reposeras como si la vida les sonriese y, justo en ese momento, sospechás que el único equivocado en el universo es uno. Así las cosas cuando la espantosa realidad se hizo presente. Ambos se miraron, tratando de evitar esa maldad compartida —propia de los grandes amigos—. Apenas reprimieron el gesto natural de espanto. Soltar una mueca, un pequeño arquear de cejas inoportuno hubiese sido signo de derrota. Decidieron visitar la clínica (impoluta por cierto, una hotelería de súper lujo ) en la que naciera el primogénito de César —amigote de la infancia— y Carla , esa beldad con rostro frágil e ideas anodinas. El bebé nació feo. Quizás con un rostro muy adulto para esa piel arrugada y llorosa. No había por dónde encontrar signo de belleza al cual aferrarse. Es verdad, la mayoría de l...