Viento infame
La anécdota podría comenzar por su lado más pueril, acaso
por revelar algún detalle mínimo que al obviarlo se haría un acto de justicia.
No seré justiciero en estas líneas aunque intentaré ser fiel a los principios
del buen gusto –si es que tales principios existen.
Isabelino “Chicho” Gómez gozó de cierta gloria en sus años mozos. En un pequeño pueblo de Paraguay –donde nació, creció y jamás abandonó-, este hombre supo encandilar a propios y extraños con sus exquisitos destellos en el arte del balompié. Gran jugador de fútbol, tanto por su habilidad endiablada como por su elegancia al caminar sobre el campo. Los rivales lo admiraban no sin atiborrarlo a patadas violentas y sometiéndolo a otro tipo de severos “cuidados” en su marcaje. Es verdad, el fútbol guaraní no anda con pequeñeces a la hora de atizar piernas enemigas; eso sí, nadie duda de su calidad. Prueba de esto es la existencia de jugadores de la talla de Isabelino que, esquivando golpes y argucias, supo demostrar en las canchas de qué está hecho un verdadero jugador.
Pero el tiempo suele ser tirano. Llegó, como de costumbre, el momento en que Chicho debió colgar sus botines. Así lo hizo, con treinta y ocho años recién estrenados. Muchos son los que dicen que apresuró su retiro; otros, los más cerriles, afirman que la edad poco tuvo que ver en su decisión. Soy de los que se han enrolado tras las huestes de la primera versión; sin embargo, citaré un breve relato (de un conciudadano de Chicho y cronista de un periódico local) en donde se intuye la verdadera causa del final de la carrera del astro. Lo escuché tal cual lo transcribo:
“Chicho jugaba el clásico del pueblo. Partido muy duro y con resultado incierto. Pero lo más duro no era en sí el encuentro sino el caótico tiempo que hacía esa tarde. Un viento inoportuno y fortísimo cruzaba el campo de juego en ráfagas persistentes.
Chicho Gómez no paraba de pedir el balón. Una y otra vez
encaraba a sus marcadores; una y otra vez era derribado a base de faltas
desleales.
No está demás decir que Chicho ya no era joven (para el
fútbol me refiero) y que los estragos del tiempo había hecho mella tanto en sus
piernas como en su cabellera. Las patadas le dolían cada vez más; el peine
hacía tiempo que no peinaba sus pelos inexistentes. El dolor lo disimulaba como
nadie; la calvicie, bajo un discreto bisoñé de oscuro color.
A pesar de las inclemencias meteorológicas y las propias
por el paso del calendario, nuestro gran jugador siguió elegante en la cancha,
dominando la pelota como nadie, mirando altivo su objetivo final: la portería
contraria.
En un momento crítico del encuentro recibió el balón,
sorteó a un rival, esquivó una patada mortífera y se encaminó hacia el área. Si
digo que parecía un bailarín no estaré exagerando. Nadie podía evitar su camino
al gol. Ningún mortal pudo hacerlo esa desdichada tarde. El viento sí. Cuando
Isabelino “Chicho” Gómez estaba a punto de rematar a gol, una furibunda ráfaga
ventosa acabó con su sueño. Chicho no convirtió el gol, ni siquiera pudo patear
al arco. Se limitó a abandonar el terreno de juego y dar paso a un compañero
del banco de suplentes para que lo sustituya. Nunca más pisó una cancha.”
No pude quedarme con ese relato que, para mi humilde opinión, estaba incompleto. Rogué al cronista que me diera más detalles que pudieran cerrar la historia. Se negó sistemáticamente. Sólo obtuve de él la mención del nombre del jugador que tuvo la inesperada tarea de reemplazar a Gómez. Di con ese hombre y a la vez con lo que buscaba. Me contó lo siguiente:
“Chicho se me acercó de golpe al banco de suplentes. Tomó su peluquín que había caído en mis manos luego de la terrible ventada. Me miró serio y dijo: es su hora hijo, entre y gane el partido.”
Sigo siendo devoto del tiempo. Del paso del tiempo. Esa es la verdadera causa del retiro de Isabelino.
Dani Ditenco
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