Malas y buenas miradas
Julián nació —y creció— mirando todo. Una desgracia. Cómo evitar descubrir ese rincón de una escena en donde algo no cuadra. Cómo fingir que no se ha visto algo sin una mueca que delate al descubridor.
Así pues, Amanda llegó caminando con cierto desparpajo. Julián, parado en la barra del bar vaso en mano, comenzó un sutil examen visual —tan propio de su historia—. Ella movía su cuerpo al son de una cabellera larga y desprejuiciada. Una primera impresión podría distraer al más incauto. A Julián, nunca.
Toda una parafernalia desplegada que, sin dudas, impactaba en una noche en donde el brillo no faltaba. Un buen andar, una mirada al frente y segura, una llegada prominente (sobre todo desde una cámara frontal), curvas por doquier.
El paneo fue veloz y preciso. Y lo que empezó siendo grata sorpresa se fue derramando en otro tipo de sorpresa ni bien la vista continuó más allá de la cintura. Podría afirmarse que medio cuerpo había pasado el examen. Pero todo se derrumbó en el preciso instante en que el joven escaneó esas piernas que se aproximaban peligrosamente. Esa calza destrozaba las mejores intenciones. Una nota desafinada en una melodía que bien podría gustar, un exceso de mal gusto —pensó Julián—, innecesario. No pudo —o no supo— reprimir ese instinto asesino que a veces llega dibujado de media sonrisa socarrona. Y así, casi sin mucho interés, regaló un gesto propio de quienes se ubican en la vereda de la verdad absoluta.
Amanda, sin dejar de lucir una hermosa dentadura detrás de una amplia y provocadora boca, se acercó al oído de Julián para susurrarle palabras que nunca conoceremos. Él, de inmediato, giró su cuerpo y, no con poco disimulo, levantó la cremallera de su jean.
La velada daba sus primeros bostezos y las luces, esas malditas luces de la vergüenza, enrojecían algún rostro.

Comentarios
Publicar un comentario